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Economía de la independencia catalana

PAU RAUSELL. EL DIARIO.ES, 21/10/2013

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La Ciencia Económica no es sólo aquella que analiza las relaciones en los mercados o los modos de gestión de la realidad macroeconómica sino que algunos autores defienden que su verdadero valor proviene de que se trata de una ciencia que desde la perspectiva de la “rational choice” explica las decisiones de los individuos, tanto en el ámbito del mercado como en todos los otros aspectos de la vida. Así que no vamos a hablar de los impactos económicos de la independencia de Cataluña, sino de los procesos decisionales para apoyar o rechazar la propuesta independentista.

La ventaja que tiene la Economía frente a otras ciencias sociales o humanas es que su proceso simplificador es tan poco sutil que a veces –sólo a veces- utilizar el “pictionary conceptual” de la Economía nos obliga a dibujar los aspectos más esquemáticos de la realidad que otras ciencias ocultan entre galimatías holísticas.

En el caso del análisis de la independencia la Economía aporta la ventaja evidente de que parte del “individualismo metodológico”; es decir son los individuos los que eligen ser independentistas y en consecuencia nos libramos de conceptos difíciles de aprehender como el “alma de un pueblo”, “los destinos históricos” y cosas así. Los individuos eligen tratando de manera racional conseguir mejorar su utilidad –que es lo que la jerga de los economistas utilizamos para describir el bienestar,  o la felicidad-, y lo hacen a partir de sus preferencias por un determinado concepto; en este caso la independencia, y haciendo un cálculo más o menos consciente de cuáles son los costes y cuáles son los beneficios de una decisión. Si los beneficios de ser independentistas superan a los costes, entonces los individuos decidirán ser independentistas.

Suponiendo que las preferencias son más o menos estables a lo largo del tiempo y que dependen tanto de razones genéticas como de contexto social (hay investigaciones de la neurociencia cognitiva que afirman que la identidades ideológicas –liberal, conservador, radical-  tienen que ver con patrones de comportamiento cerebral distintos), lo que está provocando variaciones a corto plazo en el apoyo a la independencia son las variaciones en los costes y los beneficios y no en las preferencias.

¿Cuáles son los beneficios de ser independentista en Cataluña?.

A. Hay un primer beneficio de decidir ser catalán. Es evidente que decidir ser catalán tiene una explícita deriva por “no ser español”, porque la construcción socio-política de la identidad catalana se ha hecho, como en la mayoría de casos, en contraposición a otra identidad. En este sentido los individuos se enfrentan a un “trade off” entre catalán y español. El “beneficio de la pertenencia” tiene una correlación débil con el factor de la independencia pues hemos visto hasta no hace mucho que se podía “pertenecer” sin defender necesariamente posiciones soberanistas y es como el conjunto de la sociedad catalana ha gestionado hasta ahora la cuestión. Ser catalán, y en consecuencia no muy español, es evidente que aporta los notables beneficios del sentido de identidad. Numerosos estudios constatan que el sentido de pertenencia e identidad, junto con el reconocimiento de los que nos rodean, es uno de los ingredientes más importantes en la receta de la felicidad. La “pertenencia” manifiesta cierto “efecto red” de manera que, cuantos más independentistas haya, más gente querrá ser independentista. Aunque hay que tener cuidado, ya que junto con la propensión por la pertenencia, también sufrimos cierta tendencia a tener nuestra propia identidad diferenciada. Es decir, nos gusta pertenecer al rebaño pero no ser borregos del todo. Para un “radical ocupa” ser independentista pierde su gracia cuando también lo es un funcionario de la Generalitat. Cuando en un individuo concreto domina la propensión a la diferenciación aparecen entonces figuras como Boadella que decide “no ser catalán” cuando percibe que la mayoría tiende a “ser catalán”.

B. También ser independentista supone aislarse (es decir liberarse del coste) del desamor, la incomprensión y el rechazo del resto de los españoles. La cuestión es que el nacionalismo español construye precisamente su identidad a partir de la indisoluble unidad de España, por lo que cualquier afirmación nacionalista española significa la negación de la posibilidad del independentismo incrementado los beneficios de ser independentista catalán. Paradójicamente el nacionalismo español es uno de los principales nutrientes del independentismo. Hasta a mí, que ni siquiera soy catalán, me dan ganas de hacerme independentista cada vez que oigo los argumentos del nacionalismo españolista

C. El siguiente beneficio de ser independentista tiene que ver con las expectativas sobre la inversa de los costes de “ser español”. Algunos de estos costes son reales en términos monetarios, – pertenecer a un club o a una comunidad te obliga a pagar los gastos comunes-. Y así aparecen desde las balanzas fiscales, el exagerado concepto del expolio, los déficits de infraestructuras y la percepción de que sin la guía de Madrid algunas cosas se gestionarían mejor. Es por ellos que en momentos de crisis los beneficios de ser independentista son mayores ya que podemos desviar la atribución de los problemas actuales de la sociedad catalana a la condición de ser español. Ser español significa ser conservador, corrupto, mal gestor, anticatalán. Ser de España obliga a recortar en sanidad, educación, servicios sociales, educar en castellano. El conseller Mascarell recordaba en un discurso reciente que el estado español era uno de los más ineficientes de Europa y que Cataluña podría ser decisiva en el liderazgo del Sur de Europa. La identidad catalana, como todo discurso que se sustenta en la épica de los perdedores, nunca ha tenida excesivos problemas de autoestima y en estos momentos ser español significa pertenecer a un club bastante desprestigiado y viejuno y del que ya no se sabe si vale la pena pagar la cuota.

¿Y los costes?

D. De manera conexa, los costes de ser independentista en estos momentos resultan relativamente bajos ya que suponen la inversa de los beneficios de ser español, es decir de pertenecer con pleno derecho a la decimotercera potencia económica de mundo y a la segunda comunidad lingüística, y, lo que sí puede doler más, pertenecer a la Unión Europea. También hay que sumar en estos costes el “coste emocional” de dejar de ser español que para algunos individuos puede ser muy alto.

E. El siguiente conjunto de costes tendría que ver con esos que sí están relacionados con la pérdida efectiva del PIB. Aún suponiendo que recuperaran los costes del expolio, las restricciones que impondría a corto plazo España, la negociación y la incertidumbre sobre instituciones económicas básicas como el sistema financiero, – que requeriría el soporte del BCE para una economía tan bancarizada como la catalana-, y  las previsibles dificultades de insertarse de manera fluida en una economía global, supondrían seguramente a corto y medio plazo una reducción del PIB. Aunque si consideramos que ahora está al 120% de la media nacional, aun con previsiones bastante catastrofistas, una caída del PIB del 20% sólo supondría equipararse a la actual media española. Es decir supondría pasar de los 27.250 euros per cápita de 2012 a uno 22.000. ¿No pagaría un catalán independentista 5000 Euros al años por la independencia?.

Para cada individuo al que la percepción de los beneficios de A+B+C sea superior a los costes de  D+E será independentista. Según los últimos sondeos de opinión parece que en estos momentos más del 50% de los catalanes se sienten independentistas, y esto es así por que se han incrementado; [A]; el “beneficio de la pertenencia” se ha escorado hacia la independencia por el cálculo político de Convergència i Unió como pivote tractor de la sociedad catalana, [B]; por el auge del nacionalismo español desde el gobierno de Mariano Rajoy que tiene un efecto nutriente del independentismo y [C] por la visualización a veces certera y otras veces exagerada de “los beneficios de no ser español” y por la caída de los costes de parte de [D] “no ser español”, dada la evidente pérdida de valor de la marca España. Aunque se mantiene la percepción del coste de “no ser europeo”. Quedaría por ver cuál es límite de la disponibilidad a pagar, en términos de PIB por cápita por la independencia[E], que de acuerdo con algún tópico sobre los catalanes no debería ser muy alta, pero mi impresión es que un 20% de reducción sería aceptable. Si alguien quiere financiarlo les digo que podría ser un fácil ejercicio de investigación desde la economía experimental

Los cálculos de San Mateu

Con la misma lógica, como valenciano sentado en la terraza del glamuroso bar “Lo Cantonet” de Sant Mateu, si hago el cálculo sobre la independencia de Cataluña apuntaría entre los beneficios [A] mi propensión a respetar que cada cual esté donde desea estar, [B] mis ganas de fastidiar al casposo nacionalismo españolista y [C] mi percepción de que es deseable que tengamos ordenamientos, instituciones y organismos adaptables y flexibles y que el experimento catalán podría ser una buena manera de ejercitar dicha flexibilidad. Y que además, los catalanes se merecen el premio de obtener por medios impecablemente democráticos lo que otros (nacionalismo vasco) han pretendido con la violencia. Entre los costes apuntaría a [D] la amputación de parte de mi sentido de pertenencia como miembro de la comunidad cultural de habla catalana, [E] los notables costes económicos que supondría para los valencianos dado que los catalanes son nuestros principales socios comerciales, y [F] la percepción de que se va una comunidad que contribuye y ha contribuido a mejorar la calidad de la gobernanza en España (¿se imaginan  el primer gobierno de Aznar sin tener que pactar con los catalanes?) y es parte tractora de su potencial económico, en innovación, en producción cultural, etc…

En estos momentos A+B+C es menor que C+D+E, por lo que el cálculo me sale negativo, pero ningún razonamiento propondría que mi utilidad individual se  contrapusiera a una decisión mayoritaria  de los catalanes y de las catalanas. Con la lógica de la aproximación previa, si alguien me preguntara, y con la voluntad de reducir el porcentaje de elección de independencia, le recomendaría al gobierno central, en primer lugar que mejorara su competencia, redujera la corrupción, cambiara el sistema de financiación autonómica y propusiera nuevos modelos de articulación territoriales para reducir los beneficios de “no ser español” y seguidamente que propusiera un referéndum a todos los españoles y españolas, incluidos los catalanes, con la siguiente pregunta ¿Está a favor de expulsar a Cataluña de España?. La posición del nacionalismo español se convertiría en una prueba de amor y por tanto desactivaría el efecto de retroalimentación entre nacionalismo español y catalán, y los catalanes independentistas tendrían que repensar su postura ya que no es lo mismo irse del club a que te tiren, incrementado psicológicamente el valor de “ser español”

Y si aún así persisten… desearles que les vaya bonito.

http://www.eldiario.es/cv/Economia-independencia-catalana_0_188281869.html

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